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miércoles, enero 27, 2010

Una Cajita

El siguiente es un fragmento de una carta. La carta que barajeó la timidez de mi destino. Participé en ella como epígrafe; pero no era para mí. El destinatario está aquí, en un lugar donde ahora siente amar.

***

Imagen: Cajita de Rvben Fventes


Fragmento de Carta perdida

EVA M. SALTIERA



Era más pequeño que en lo que imaginaba…
por eso no cabía en las imágenes
ISAAC GRUTHIER



Una cajita puede tener todos los secretos, los hilos y colores con los que se cuelgan las estrellas. Una cajita es una mano encerrada por el cartón, el papel; los vértices que se confunden con el dedo índice. Una cajita tiene las tres cartas más importantes del Tarot. Una cajita es donde cabrían mis cenizas, pero ¿para qué llenar con almas lo que ausencia ya guarda? Una cajita es un tesoro, el mío usted lo ve como un pirata en tierra prometida. Una cajita son mis poemas sin fin, sin punto que los distinga de los días. Una cajita es el corazón que sangra por una nariz tan tibia. Una cajita son mis manos de leche, como me decía, que se hierven en el pecho de los días. En ella resguardo los cinco valses de conocernos, valses de Debussy, ciegos como el corazón de nuestra Amélie. El primero: la despedida, con un paraguas roto y la lluvia acaecida por ser de agua, que al confundirse con su reflejo se estrella en ella misma. El segundo: la huída, con sus ojos llorosos contándome su vida en el andar de la tristeza; la partida de su hermano y las ganas de gritarle loco al diablo. El tercero: el luar, descubrió que la luna hace más brillantes mis lunares de la espalda y que si no toqué su sexo, fue por el respeto de amarle como el imposible día que no termina. El cuarto: la fuga, viajamos tanto que olvidé que esta enfermedad no es para viajeros; que es más sana la memoria cuando se guarda por olvidos o fotografías. El quinto: el secreto, sí, sí le amo; se lo escribo en presente porque todo mi intento de memoria está en usted ahora, porque sé que terminará el inicio del giro, porque si le lloro por huertos, el fruto ya no es destierro. Mi memoria, eso es usted ahora, cuando cierra los ojos me recuerda con un vestido rojo imitando a Mme. Bauvary o como en las fábulas falsas de un jazzista en Cortázar. El secreto, nuestro secreto: “no crea en el Tarot, él no lee al tiempo, no crea en el Tarot él no sabe del presente ni del presentimiento; menos aun cuando usted es la Papisa”. El mago que viene le dará ese secreto. No vea en mi mano la atadura, no vea en mis ojos su deseo; vea en el charquito los sonidos de dos dedos y haga de esa magia un tintero.


No le aclaro mucho con estos detalles; mis poemas son intentos de suelo y mis ficciones la forma en que la realidad encontró consuelo. Usted es mi gran ficción, mi pequeñuelo ¿recuerda? Aquél cuento que escribimos sobre lo imposible que es tocar con la nariz la barbilla del otro. Seguro lo recuerda, porque pasó tardes enteras tratando de tocar mi barbilla sin apoyo de dedos. Y lo logró, lo logró porque ese reto era para una ficción. Busque el cubo de azúcar que perdí, por favor, déselo a las hormigas; sabe que ellas me fascinan por ser lo más parecido a un humano en la modernidad. Le dejo este libro, es Shakespeare, perdón que no se lo dedique, pero el sueño que tengo, no se llevan con el título que tiene: La tempestad. Encontrará su botón por el que tanto berreaba, ahí está, lo guardé todo este tiempo; lo guardé, porque es despistado y no sabe que un botón de camisa es más importante que un calcetín de lana. Le dejo dos discos, sí, perdone si al oírlos sólo desea llorar; pero son importantes las lágrimas que se derraman por una “maga”, así nunca pasaré al inframundo, me quedaré en la sección de “Fantasmas”.


Debussy es mi agua, en el bebo los días que me restan y si ahora no le escucha, escúchelo cuando se sienta ya revelado de sí. Cuide, cuide mi planta del pie, sabe que duele en el frío y que a veces no me deja caminar. Perdóneme si al sangrar también le recuerdo a Leonard Cohen…



viernes, abril 03, 2009

Fire


Image: Fire de Rvben Fventes


Escuché en el Lejos tu lápiz, me dibujabas desconcertado, a la Distancia.
Alguna que otra vez cierras los ojos atento a la hoja, haces del detalle en la ausencia, realidad. Inicias mi rostro a sabiendas que te costará tanto terminarlo, como aquel beso, que recorre con ojos cerrados el posible de un mirar. Caía sobre mi rostro tu lluvia, mientras mirabas fijamente el espacio blanquecino de la hoja, el relámpago de tu corazón anunciaba el deseo de que cayeras en Otoño. Dibujas un árbol en mi cabeza, como ideas, tomando forma al mirar lo que tu pulso hace desde el resguardo.

Sonó el teléfono. Iluminas de inmediato el color de mi ojo derecho, impulso preciso, olvidarías el azul de mi retirada mirada, el azul del Eco. Al tercer timbrazo, respondes al fin.

–¿Puedes ver las líneas que mantienen el universo conectado? –te pregunta una voz aún desconocida en ti.
–¡No, no puedo! Aún soy una línea del universo –le respondes como por instinto.
–En la Calle Altamira hay un paquete que debe usted recoger, lo tenemos aquí desde hace ya más de dos semanas, que podrían ser seis meses o cinco años, para el caso da lo mismo; por favor, pase por él lo antes posible, sino es que más posible que antes… –te ha dicho la voz desconocida en ti un tanto angustiada.
–¿Altamira y qué?, le preguntas. Un bip prolongado. La voz se cortó.

Me miras cuestionando en dónde envié aquél paquete que hace años guardaste celosamente. ¿Por qué me preguntas por el futuro, si aún no me has terminado de trazar en tu presente? ¿Qué injusto Dios te has vuelto para mirarme y, antes de un punto, preguntar?... observas el único ojo que has dejado capaz de verte, que hiciste azul. Te entumeces. Es mayo, los días vienen calurosos, pero la lluvia diaria de esta ciudad nos hace olvidar que hay más estaciones. ¡Tápame, cubre mi pecho! ¡Trázame vestimenta! Venda mis manos, pídeme hablar…

Exploté por el volcán. La ceniza se confunde con tu tiza del lápiz. Ilustras mi sexo y cuerpo. Amenazas con borrar ciertos errores, me has hecho rizada, sosteniendo la Nada con la mirada del barco. Me miras, te miras. Decides ir por aquél paquete.


Timbra el teléfono. Respondes.
–¡Hola querido R.! No puedo esperar más, envíeme de inmediato la imagen de aquella mujer, perderemos su trazo y el paquete de colores que nos robó para dibujarse.

Cuelgas al auricular. Prendes un cigarrillo. Abres tu mano, eliges un punto y te decides por fin a viajar. ¿Me irás a buscar?



Piensa el árbol en sus hojas de otoño,
piensa, el ave y el inicio,
Veía al mar.
¿Cómo puede llevarse toda la sal de las cosas,
una sola lágrima?
Besé al aire y tus labios se perdían en la explosión de un volcán.
Manos vendadas, ojo baldío posado entre el rostro y mi cabello.
Fuego que ama, quemando, las nubes de sal;
se lloran, se buscan, se encienden con el sol al callar.

sábado, febrero 14, 2009

Vuelta

Los días en una lámpara.
Permanece atenta a una ventana que nunca la lleva a nada. A solas, a penas y toma conciencia de su abandono. Acompañada; delega, finge, entrecierra la vista, guiñe o calla, jamás reprocha. Frente una taza de té, sólo envidia el valor útil que ésta tiene ante una mano; y entonces, se toca la frente, por si fuese fiebre, para pensar que no está amando.


Imagen: "Vuelta" de Rvben Fventes


***
Te escribo y destruyo, como si el mundo se hiciese de lo que cada uno desea; yo, ahora deseo no escribirle a una espera que no llega. Destruyo, con el presentimiento que nadie lee la taquigrafía del corazón. Entra en mí la angustia y ni ante tal juicio de quiebra, se puede volver a escribir. Simulé caminar calles. Fingí leerte un texto. Pero aún más, dejé mi carta del tarot para ya no leerme más el destino y dar por fin rienda al azar. Esperé. El reloj avanza por instinto, como si fuese un animal sobreviviéndose de los demás; así, evado tal salvajismo. Te escribo y destruyo, pero mi mente se escapa. Las manos van al rostro y lo quieren dibujar. Te llevo en ellas, y en ellas las letras que recién vi en la palma de una letra se desdibujan. Me veo patética. Rehúyo de la ficción y no pretendo reencarnarte más, aunque siempre pasa algo.

Te escribo queriendo no usar el “pasado” como tiempo, pero éste me usa a mí cuando también soy recuerdo de Un alguien que me escribió. Me siento un personaje, la dama de paraguas azul o sólo una hacedora de habitaciones para soñar. Ya has partido. Me he nublado la vista y doy cuenta que luchar contra las palabras es luchar contra el mundo. ¡Sé sincera! -me digo en voz alta, y en ese decir sollozo. Así tomo un papel, agitada de olvidar todo lo que pueda decirte, y escribo:


Esta tarde llueve como nunca; y no
tengo ganas de vivir, corazón.
Esta tarde es dulce. ¿Por qué no ha de ser?
Viste gracia y pena; viste de mujer.

Esta tarde en Lima llueve. Y yo recuerdo
las cavernas crueles de mi ingratitud;
mi bloque de hielo sobre su amapola,
más fuerte que su “¡No seas así!”

¡Basta! Deshaz este poema, fragméntalo. Corrijo la enunciación, como si mi mirada fuesen palomas entumecidas, abandono la vista de este poema y me escondo en un texto menos descomunal: “Te abandonas al fin del mundo, como siempre, buscando por dónde iniciar” –me acusa un texto, una oración de un viejo alemán. Ya no quiero más poemas, menos aun, ideas, suspiros o todo aquello que denote un dejo de duelo. Es más fácil andar de tacones, que leyéndote e inventar que soy una Maga ficcionalista, que soy lo que puedas tú desear.

Cierro los textos de mi escritorio. Destruyo aquél poema sin final. No huiré esta vez a encontrar historias bíblicas que rescribir en su versión carnal. Me siento. La taza de té ya no me parece roja. Me siento y recuerdo que alguna vez me cuidó, y como si fuese una extranjera, en la ciudad de mi mano usted me perdió. Le decía, como si decir enmudeciera en verdad, como si al hablar un silencio brotara; que deseo confesarle que esperé a que llamara. Me inventé actividades, ficciones, mudanzas. Me inventé un té y una taza, un poema robado o una ventana fuera de mí. Me inventé en lo inventado, como un “inventario irreal”. Y ahora que me leo en voz alta, dejando que mi cabeza se escriba como a una dama se le hace antes de a ella renunciar, me siento tan triste por la rima que en mi escrito hay, por el ritmo que las palabras tienen. ¡Me detengo!… querría mudar y ahora, como antaño, el peaje es incosteable para una dama que su único ingreso es el soñar…

¿Dónde ir, sin que maten a un ser ficcional? Ni la literatura barata, ni las puestas de sol, menos aún la poesía me quiere nombrar. Entonces, como cruel presentimiento, trastoco que en el mundo sólo algo me ha de nombrar: usted. Mi monólogo, acaecido, que se inventó compañía con un “narrador” para iniciar este texto, sólo da cuenta de mi soledad. ¿Qué espera una dama, qué espera si quien le ha de soñar despierta en un día más? En ese otro día, en ese en el que no se despierta igual…

sábado, abril 05, 2008

Estancia

à Eve



Image: Adam et Eve chasses du paradis de Marc Chagall
Esta ansia de habitar
es la voz sin nombre
parafrasea la herida
del ir al faro sin voz
Retengo en la niebla
al respirar que ni habla, que nieva
se aloja, en la lejanía, mi haz de habitar