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martes, septiembre 01, 2009

Tres minutos, nuestra realidad



A Ed
Image: Magia de Edmundo Martínez


Cerrar los ojos.

Buscas al tiempo en cualquier lugar, pero se sabe, hasta donde un dedo alcanza a señalar que el tiempo es una fracción, une instantes: hilo y aguja. Contrario a la línea, en él no existe repetición. Las manecillas jamás tocan a un segundo y un segundo es más efímero que el Sol, salen a la luz y mueren a deshora. Si tomas el vaso de agua que una noche antes dejas bajo tu cama, el agua hace recordar los sueños, decías. Pero ahora, ensoñándote te dejas, aprietas la almohada y duermes.


Pies helados. El mar sube, y con él el pulso y destello de su rostro sigue encantado a la luna.

Duermes entre peces, nubes y tu diario, recuerdas entre sueños lo que más te cautivó en ese día que ya no es Hoy, pero que mantiene intacta la imagen de ser. Siempre has tenido alas, hundes tus pies en la fuente de un parque, la gente te mira admirada. Sonríes y tus pies toman la plácida forma del agua. Ahí te vi, caminando descalzo y con pies hundidos y entonces me emocioné.


Le bastan tres minutos a un árbol para desnudarse en el viento, en tres minutos una estrella se desintegra entre el él y allá; tres aceleradas espirales de madera bastan para que la punta de un lápiz asume su nariz, tres minutos vive una burbuja, tres minutos y un corazón acelerado… tres, siempre y una-Tres. Me enamoré.


Image: Mundo Ed de H.


Desperté.

Maga, pasó. Bajo un árbol, mientras le abrazaba y decía a su oído que pronto quedaría ciego, que cada noche escuchaba palabras haciendo al mundo y a veces me atemorizaba hacerlo tan raramente. Que mientras viajaba en el autobús miraba cuán irritada es la calle. Le confesé que me gusta el azul y que siempre he deseado pintar una casa con las sombras de los árboles. Le platiqué de ti, Maga, de que solías hacer periplos entre la cuchara-el plato-y-la sopa. Le conté de la ficción que eras y tu enorme compromiso de amar. Le dije en tono bajito que lo amo y que entonces podría estar con un cuerpo prestado, en otros zapatos, dentro de un frasco… o sencillamente posado en algún lugar, pero que aún así no le dejaría de amar. Entonces, sonó entonces. Un timbre. El árbol que nos cubría, se agitó. Fue el único en agitarse, los demás arboles mantenían el estoicismo de la realidad. ¡Algo nos dice!, grité. – ¡Nos dice, nos dice que es!, me gritó ensoñado. Le abracé, dejé la baja voz a un lado y lo besé.

Hilo en el dedo, recuerdo: los árboles dicen que amar es el viento… las alas y olas son pequeñas palabras que alcanzan su alud en la voz.

Sigo despierto; sus pies mojados y fríos se calientan cerca de mí.

Aún no hago que las palabras le aprehendan, aún mi cuerpo es aire; pero tres minutos leyendo, en anagrama, me hacen amarle…

H.

Septiembre 01, París.



domingo, agosto 05, 2007

Árbol

(a la espera de los pájaros... redacción en un tronco)
30 de Julio 2007

Image: Fuegos de Otoño de Claudia Ferrari


À Mes Rules
“Ahora contemplas la costa,
las luces se han encendido de nuevo para tus ojos y tu recuerdo,
las palabras regresan, también ellas se encienden en tu mente,
casi te parece verlas brillar, son pequeños faros en la noche,
marcan la distancia y sin embargo podrías agarrarlas,
caben en el espacio de una mano”

ECO de un tabú al aquí


La dama de parapluie froid cede vela desde un ciprés. Llega con la lluvia, como si el otoño hiciera de ella pequeños arcos de luz, que al arquear la tierra besan sin tocarla.

– ¡Deja que todas sean libres! Los viejos sabían que las aves siempre escriben en el cielo. Al pez un árbol y al destello una pluma. Sé que ya no deberías llorar, solamente sé eso, dijo.

– Pero el humo jamás ha sido recuerdo, éste se eleva a la ropa con el tiempo de un día. Contesté con ojos entrecerrados y con las gotas del tronco.
– ¡Cera! “Será” es lo que habita al espejo, en el ojo vidrio y en la gota cristal. Pero aún la mirada nos distancia de lo que es mirar. Son estrellas las que esperas, cenicitas de papel, largas pestañas de flor que no lloran del ciprés.

¿Cerradura a los ojos, es el brillo del río? Es sueño. Siete pasos en ondas y una piedra cayó. Desperté de repente y en él, se hacía reflejo. Tomó mi mano, sus rizos de nubes y pupilas de sal me hacían las hojas – ¡No sueñes en los árboles tristezas! No ves que las larvas ya son mariposas… las llora el otoño.

Cuido tu cantar, así seas petirrojo. Y mi mirada de sal es para llenarte del mar tu corazón. Al pez que toca un cielo y al rizo que cella poros. ¿A esos qué tanto lloras? No la calma, sino la mano que extrañas tocando tu ala… siente en el pico la palabra: Rojo.